Gracias al cubano

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Nombre: Maria Agustina Pérez Pérez.
Edad: 67 años.
Dirección: Las Tinajitas, Iribarren, Estado Lara.

María es una mujer que aunque las desgracias han querido arrancarle la felicidad, siempre se encuentra una sonrisa en sus labios. Yo nací en Lara, rodeada de una pobreza que no encontraría palabras para describirla. Eso sí, en mi familia nadie salió mala cabeza. Mis padres que en paz descansen, dieron el ejemplo. De todos mis hermanos, fui la única que no me casé, y mujer soltera y sin estudios, es como decía mi tío: “a pasar trabajo se queda”. Hice varios oficios: primero ayudaba a mamá en los quehaceres, luego fui colocada en la casa de personas de dinero, camarera de un hotel y también moza en un restaurante. Cuando cumplí treinta años me fui a vivir con unos parientes a La Guaira. Llevaba el deseo de hacer una vida nueva, muchos sueños a cuestas y ninguno fue cumplido. Poco a poco, reuniendo los pocos reales que ganaba, me independicé, armé mi casita, pero en un abrir y cerrar de ojos, todo desapareció. Fue en el año 1999: el desastre de Vargas me jugó una mala pasada. De nuevo a la calle. Mis años eran un bulto de escombros. Fue a causa de todo eso que me atacó la diabetes. Andando entre el lodo me hice una cortadura en una pierna y desde entonces hasta la fecha esta traicionera enfermedad me persigue. Hace años que me regresé a Barquisimeto y aquí vivo con una sobrina: A quien dios no le da hijos le da buenos sobrinos, ¿Verdad? En febrero pasado, estaba en el patio de la casa dando de comer a unas gallinas, y por descuido, tropecé con un alambre de púas. Uno de sus pinchos me atravesó el pie izquierdo. Tengo que admitir mi abandono. Comencé a tratar la lesión con remedios caseros, pero no mejoraba. Mi sobrina no anduvo con muchas, me llevó de una vez al hospital del seguro, pero quedé vestida y sin bailar, nada me hicieron. Más que todo llenarme de angustia al pronosticarme una segura amputación del pie. Yo soy una mujer fuerte pero decirle a usted que le van a picar un pie es algo serio. Desde lo de Vargas creo infinitamente en los Cubanos. Había que ver como hacían suyo el dolor de nosotros. Recordé aquellos días y pedí a mi sobrina me llevara a una consulta de Barrio Adentro, fuimos al CDI más cercano, el de Casa Sindical. Al llegar, me atendió un doctor moreno tan fuerte como un boxeador. Su nombre es Paterson. Conversamos mucho. Me dijo que su casa en Cuba está en Camagüey, me contó de su niña Venezolana y con amor me examinó. Llamó a otro médico, acordando remitirme al ambulatorio del Obelisco. Allí me vería el Dr. Cilicio, especialista en Angiología. Llegué como a las doce y la consulta estaba “full”. Sólo esperé unos veinte minutos y el doctor preguntó por la paciente del Dr. Paterson. Se mostró gentil, me limpió la piel dañada y empezó a colocarme una inyección cubana que ayuda a cicatrizar las úlceras en los pies de los diabéticos. La mejoría fue rápida, eche carne nueva, y la lesión quedó en el recuerdo. Quiero decirle este mensaje: Yo estoy con mi presidente Chávez, porque no me abandonó en La Guaira y porque nos ha dado voz a todos los Venezolanos. Y quiero agregar: gracias a Cuba, a su presidente y a los Cubanos por permitirme seguir en pie.

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