El milagro de una vacuna

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Nombre y apellidos: Simón Álvarez Biarreta.
Edad: 57 años.
Dirección: Parroquia Unión, Barquisimeto, Lara.

Chofer de profesión y llevando a cuestas por más de veinte años la diabetes, Simón Álvarez Biarreta da gracias de haber encontrado un milagro hecho vacuna. Yo tengo cincuenta y siete años cumplidos, soy padre de seis hijos y en mi familia no hay uno que no padezca de diabetes. Me controlo con pastillas, y nunca había tenido problemas con esta enfermedad. Manejo mi carro por todo Barquisimeto buscándome la vida, pero en Diciembre pasado el carrito ya no dio para más, se fundió el motor y así me quedé sin empleo. Siempre hay un alma generosa. Mi compadre Jacinto es dueño de un depósito de telas y al ver mi situación me pidió, al igual que otras veces, le ayudará a ordenar las mercancías. Como si fuera un mandamiento, el primer día de trabajo, al levantar una mesa metálica perdí el equilibrio y el hierro pesado me cayó encima del pie izquierdo. El dolor fue insoportable. Sentí un líquido caliente que inundó la bota, al mirar mis dedos estaban aplastados y tenía una hemorragia que no paraba. Eso ocurrió el 21 de Enero de este año 2009. Mi esposa me llevó al ambulatorio del Seguro Social en la calle 50. Prácticamente nada me hicieron: sólo un analgésico y una vacuna para el tétanos. No había para dónde. Salimos descontentos y nos fuimos de una vez a la casa, pero en la noche el dolor dijo: ¡Aguante ahí papá! Era como si un perro me mordiera el pie. Yo no aguantaba. Pedía que me cortaran la pierna. Mis muchachos no esperaron a que amaneciera y me llevaron al hospital del Seguro Pastor Oropesa. Allí fue peor: ni me miraron. La doctora de guardia se limitó a decir que ese caso no era una emergencia. Seguimos para el CDI de Barrio Adentro en la calle 57. La atención recibida fue excelente. Me colocaron antibióticos y me hicieron un chequeo. Decidieron ingresarme, pero las camas estaban full (ocupadas). Me orientaron regresar en la mañana, para que el angiólogo cubano valorara mi caso. Para mi fatalidad, esto no sucedió, porque el Dr. Cecilio enfermó con Dengue. Ese fin de semana y empujado por la inseguridad y las viejas costumbres aquí en Venezuela, reuní la poca plata de la casa y me fui a la clínica privada San Juan. Solo por mirarme la herida, la doctora me cobró 100 000 bolívares fuertes  y 80 000 más por la cura, sin incluir los antibióticos endovenosos que me ordenó. Así aguanté hasta que el angiólogo Cubano se recuperó de su enfermedad. Lo visite el 5 de febrero. Ya habían pasado 15 días desde el accidente y mis dedos estaban negros con un hueco por donde cabía una tijera entera. El doctor fue claro, tenía muchas probabilidades de perder el pie. No sé cuántas cosas pensé. De todas, la peor fue no poder trabajar más. El único oficio que he hecho en mis 57 años ha sido manejar. ¿Se imagina usted, con un pie de menos, quién sería entonces el sustento familiar? ¡Sin embargo, el cubano me salió arrecho! Se fajó con aquel hueco que metía miedo. Eso sí, con mucha paciencia y con una vacuna traída de su país. El dedo de al lado del gordo no pudo salvarlo, pero del lobo un pelo. Tengo mi pie para manejar. No tendré que cambiar mi zapato por una muleta. Hasta hoy, siempre he dicho: si Dios quiere, a partir de hoy diré: si Dios y la milagrosa vacuna quieren.

Testimonio de paciente tratado con Heberprot-P

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